Hacía poco que acababa de llover, afortunadamente las pequeñas gotas que había ahora eran sólo agujitas demasiado finas como para fastidiar su vuelo. Papaloteó tratando de sacudir los restos de agua entre los pliegues de sus alas, pero parecían demasiado encariñadas con él, así que desistió y decidió llevarlas de paseo.
Era la primera vez que viajaba a la ciudad. Le habían contado tantas pestes de la gente que allí vivía que se rió pensando que trataban de tomarle el pelo. Miró hacia abajo deslumbrándose con las hermosas lámparas de los restaurantes. En los balcones colgaban preciosas flores que jamás había visto, el olor a comida de todos los lugares lo inundaba, niños corriendo entre los charcos... ¿Podía ser más perfecto?
De camino al centro se había fijado en el interior de la cúpula de la catedral, unos pequeños ojitos y chillidos le indicaban que, efectivamente, él no sería ni el primer ni último murciélago en maravillarse con la vida urbana. Pero aun viendo que no estaba solo en la ciudad, siguió sin pedir ayuda.
De pronto, como salida de la nada, una nueva ola de lluvia lo arrastró sin previo aviso, desparpajando sus alas como un periódico viejo, demasiado negro por la tinta. La fuerza de aquel huracán improvisado lo llevó hasta una ventana, a unos veinte metros del piso, en un edificio tan alto como un árbol de donde él venía.
Ya más tranquilo, y decidido a curiosear un rato por el lugar, se escabulló bajo las mesas de aquel restaurante. A riesgo de ser visto, salió un poco a la luz, encontrándose con alguien colgado de cabeza, igual que como solía hacer. Las alas de este murciélago eran tersas, brillosas, escurrían agua igual que él.
Al principio trató con varios "¿Hola?", pero concluyó que su nueva amiga era muda, o estaba demasiado congelada como para hablar. Empezó a contarle sobre su tierra, los kilómetros que tuvo que viajar bajo condiciones gélidas y llenas de percances; le describió a su familia, a cada uno de sus amigos. Le contó sobre su comida favorita, su sabor de helado preferido para el verano... pero ella no contestaba, seguía colgada de cabeza, agitándose cuando alguien pasaba muy cerca de ellos.
Se le vino a la cabeza que tal vez se sentía triste, pero por más que trató de sacarle sus preocupaciones ella callaba. Trató de dar palabras de aliento a ciegas, su optimismo le obligaba a decir "¿Quién podría estar deprimido en la ciudad?" Pensó que respuesta tal vez sería que se encontraba sola.
La lluvia se detuvo, y tras las nubes manchadas de grafito, el sol se asomaba tímidamente como queriendo decir que todavía era de día. El murciélago le extendió una patita a su amiga, pero sin esperar respuesta la asió con fuerza y la arrastró fuera del local en un arranque de entusiasmo.
-Vas a ver qué bonito es el campo -le decía-. Te voy a presentar a todos mis amigos para que no te sientas sola.
Y así pasó todo el trayecto de regreso a casa, contándole lo bien que la pasarían cuando llegaran allá. Mientras, en el restaurante, una señora de tono de voz chocante ponía a buscar a todos los meseros su paraguas perdido.
Le Bon Coup
Hace 4 horas





1 Delirios:
awesome! thnx
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