Dedicatoria

Al ángel más bello que jamás pisó la tierra, a la mujer más hermosa que llenó el corazón de todos con su enorme calidez: María de la Luz Salazar Caballero ("Luchita"), amada y extrañada abuelita. Descansa en paz en nuestros corazones (24/05/1944-17/08/2009).
Tú no sabes que nada es verdad, yo sí sé que hay alguien que nos está soñando, y cuando despierte, nos desvaneceremos como una pesadilla, y todos estaremos muertos antes de nacer.

miércoles 19 de mayo de 2010

Remember

Condujo con la caja de cervezas en el asiento del copiloto, tratando de orientar su camino en toda aquella noche de tráfico. Habían cerrado una avenida debido a reparaciones, lo que le obligó a buscar una ruta alterna. No era que le importara llegar temprano a casa de su amigo, pero pasar más de cinco minutos sin hacer girar las llantas lo sacaba de quicio.

En cierta forma también estaba ansioso por contarle sobre la noche anterior, aquella que acabó entre gemidos y piernas que no volvería a ver. No era novedad eso, en realidad lo "interesante" de la historia era que esta vez había sido una chica particularmente bonita: no muy delgada pero tampoco entrada en carnes, con una melena pelirroja que caía como cascada hacia él, como bañándolo de fuego; con ojos grises, aunque esto era efecto de los lentes de contacto (cosa que ella negó vehementemente), pero aun así le daban un toque irreal.

Sí, definitivamente sería divertido ver la cara de Alberto cuando le presumiera a la nueva fémina en su lista de acostones. Había estado esperando desde que salió del apartamento de la chica para poder correr a contarlo, lo que le llevó su tiempo, ya que aquella mujer tenía el mismo defecto que todas: desear más noches de las que les correspondían. Así que tuvo que usar la típica maña de "pedir su teléfono, prometer llamarle y nunca hacerlo." Por supuesto que el número ni siquiera figuraba en los contactos del móvil. Mientras ella creía que lo anotaba, él se dedicaba a jugar con las aplicaciones del celular fingiendo que escribía su nombre.

Que por cierto: ¿cómo era que se llamaba? Por el bien de la anécdota debía ponerle un nombre a falta de memoria. Pensó por un momento, tamborileando el volante con los dedos, cuando su poca creatividad le dijo que se resignara y se limitara a llamarla "La Pelirroja".

Después de una eternidad atascado entre coches parados, por fin estaba de pie frente a la puerta de Alberto. Tocó tres veces, como acostumbraba, pero al hacerlo la puerta se abrió sin mayor esfuerzo. "Otra vez la habrá tumbado mientras estaba borracho" pensó. La penumbra le dio la bienvenida, cegando cada uno de sus pasos. Llamó el nombre de su amigo, pero no escuchó ninguna respuesta, mas que un ruido extraño que venía de la sala; así que allí fue.

El pesado sonido de su zapatos de vestir resonó como un aplauso en el suelo. Avanzó hasta poder distinguir la luz de luna entrando por una de las ventanas, descubriendo un bulto en el piso, creando un agujero enorme sobre la alfombra.

Horrorizado, encendió la luz, pero sólo un pequeño flash acudió en su ayuda. Duró lo suficiente como para ver el cuerpo de Alberto en el suelo, develando que el "hoyo" en la alfombra no era otra cosa que un charco gigantesco de su sangre, oscureciéndose por el aire, grabando su silueta en el piso. Pero aquél fugaz haz de luz no duró tanto como para distinguir al ser arrodillado junto a él: una figura extraña, curvilínea, esbelta.

Tal vez había gritado, porque el ser se volvió hacia él, clavándole las dos lunas plateadas que eran sus ojos, luminosos y asesinos. Aquel monstruo caminó hacia la ventana y trepó sin dificultad, dirigiéndole una nueva mirada al eludido, posteriormente alejándose y llevándose un línea de fuego rojo.

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Lo último que recordaba era esa imagen, se los había repetido mil veces a los policías que se empeñaban en interrogarlo. No sabía por qué Alberto estaba muerto, no sabía cómo, no sabía quién. El único rastro coherente era esa figura comiendo de la carne de su amigo, huyendo por la ventana del tercer piso. Pero los detectives no encontraban nada de coherente en esto.

Por fin uno de ellos le lanzó una carpeta a la mesa, dentro sólo había fotos de la escena, fotos del cadáver, fotos de cosas que él no entendía. Pasó cada una con la misma cara de asco, hasta llegar a la última: una mancha de sangre en la alfombra, donde había estado tendido su amigo. Miró suplicante a los detectives, pero el que le había lanzado las fotos le indicó que volviera a mirar.

La mancha formaba curvas y rectas trazadas adrede, casi parecían hechas por un pincel. Las formas comenzaron a tomar sentido, develando una escritura hecha con sangre.

"Ni siquiera recordabas mi nombre."

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