NA: Modifiqué algunos errores de redacción ^^.
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Al principio le había parecido una idea divertida la de subirse a la rueda de la fortuna. Después de todo la noche estaba preciosa, las luces de la ciudad jugaban a ser brasas reposando en montículos de tierra, dejando hoyos negros parecidos a los del espacio. Había sido tal la adrenalina cuando él tomó su mano y echó a correr, llevándola como papalote, que no se había puesto a pensar lo que implicaba estar en lugar tan cerrado los dos a solas.
Primero lo miraba de reojo, pero cuando atrapaba su mirada se volvía rápidamente a la ventana, fingiendo que sólo había estado observando el panorama todo el tiempo. El huevo de metal y vidrio que se curvaba sobre ellos, como un cielo artificial, los abrazaba estrechamente; incluso el aire parecía hecho por los dos, como una mezcla donde es incapaz de distinguir el aliento de cada quien.
Empezó a jugar con el vestido, creándole arrugas humedecidas por el sudor de sus manos. Se atrevió a volver a mirarlo discretamente, pero él tenía la vista afuera, ignorando el ambiente que se empeñaba en nublarle la vista.
En el exterior, donde los ojos de él se posaban, se alzaba una antena a lo lejos, cubierta de bombillas como un árbol de Navidad raquítico, como si ellos también tuvieran esqueleto... de metal. Un haz rojo tintineaba como falsa estrella, jugando con sus pupilas, cambiándolas de tamaño. Ella también la miraba, pero pensó que su hechizo no servía, ya que el contacto visual duró tres segundos. Prefería verlo a él, embelesado por el ardid de aquel brillo, rojo, rojo y muy caluroso.
De pronto se preguntó si él sabía que estaba allí, sentada al otro lado de la cabina esperando alguna palabra, alguna sonrisa de complicidad. En alguna parte de su ser se escondía su voz, posiblemente la había dejado abajo, esperando en la línea para poder subir al juego.
Una perla se deslizó por la mejilla de ella, trazando un camino de luz, tratando de imitar a la infame antena, pero él ni siquiera la barrió con sus dedos. Pudo ver la cabeza de él teñirse del mismo color que la bombilla, ardiendo de una alegría que no era para ella. Entonces, liberando su cuerpo del pesado saco de pana café, dejó ver sus negras alas decoradas con una cenefa dorada, fulgurando un adiós mientras se elevaba en vuelo, atravesando la intimidad del habitáculo sin saber cómo.
Su cuerpo se encendió como la antena, extendiendo su esplendor de insecto, pues de pronto era una luciérnaga que surcaba el cielo para reunirse con la belleza de metal al otro lado de la ciudad, aquella que lo llamaba de formas desconocidas, correspondiéndole con su frialdad de hierro.
Ella miró su propio reflejo notando la soledad de la cabina, la lágrima en su mejilla siguió su camino, seguida por una procesión de las mismas, tratando de convertirse en una estrella de verdad. Al bajar de la rueda su olor se había marchado, tal vez también había seguido a su amada. Caminó entre la multitud de la feria pidiendo por alguien conocido, alguien que le dijera por qué se sentía tan sola, por qué sus lágrimas eran lo único que brillaban en ella.
Se encontró con su voz en el camino, pero aun así no pudo decir nada coherente, sólo gemidos de llanto, de tristeza. Siguió a otras luciérnagas para ver si podían mostrarle el camino hacia él, pero al final terminaba perdiendo el paso, incapaz de volar, incapaz de brillar.
Una banca la invitó a esperar: esperar a que el siguiente insecto impostor se presentara, tomara su mano de nuevo, pero esta vez no la abandonara.
Le Bon Coup
Hace 3 horas





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